jueves, 3 de junio de 2021

LA CULTURA DEL EXCESO

 Y EL EXCESO DEL ARTE

Por: Elkin Bolaño Vásquez

Coordinador educativo. Fundación BAT

El exceso es una violencia sutil, acumulativa y contagiosa que no se percibe como destructivo y que termina por ser alienante. Es producto de una sociedad que impulsa el individualismo y exacerba la acumulación como el más valioso de los placeres y lo instaura como el requisito fundamental de la felicidad. Se vende como una característica inmanente del ser humano, porque no lo priva de nada, solo lo satura en su búsqueda de hedonismo.

La cultura del exceso también es reconocible en la era actual por su infinita disponibilidad de datos que despoja al ser humano de su historia, de su memoria y de su narrativa porque lo estandariza y automatiza, acercándolo cada vez más, a un sistema que lo usa como engranaje de una máquina donde es fácilmente reemplazable. Para enfrentarse a ello, para crear conocimiento, se hace necesario el pensamiento crítico y contextual porque ayuda a transformar el pensar en reflexión.

Pensar es la utilización de datos sin preocuparse por la articulación que podría haber entre ellos, tal como se vive ahora. La reflexión, en cambio, es la creación de relaciones entre las informaciones que se presentan como independientes, produciendo un tipo de conocimiento que requiere ser compartido y que se alimenta de diversas perspectivas, llegando a ser incluyente y transformador, lo que termina por dejar huella en el proceso cognitivo de las personas.

Para mantenernos a flote en la cultura del exceso es conveniente mantener distancia de los sentimientos negativos porque se convierten en actitudes renegadas que cuestionan ese modo de vida. Tales sentimientos exigen un tipo de lenguaje que invoca a una reflexión que no resulta conveniente a la industria de la felicidad porque pretende deslegitimarla como parte sustancial del desarrollo de las potencialidades humanas, pregonando las emociones positivas como las únicas tendientes al éxito. El tiempo debe usarse para producir y consumir, es decir, actuar, no para reflexionar.

¿Qué se puede decir de una sonrisa fingida que es sostenida por largo tiempo? Que es más perjudicial que las alegrías y las tristezas honestas, porque requieren de poco tiempo y ayudan al equilibrio emocional. Por ello, como afirma Byun-Chul Han, lo que se quiere imponer es un “yo ideal que no es capaz de trabajar en el conflicto porque requiere demasiado esfuerzo”, esto explica porque es más fácil echar mano de medicamentos potencializadores.

El arte no es ajeno a esta dinámica y usa la versión facilista (o si se quiere medicada) de las vanguardias artísticas para sobrepasar el hedonismo hasta llegar al esnobismo. La crítica mexicana Avelina Lesper afirma que en la actualidad existe un exceso de artistas autoproclamados que desconocen el trabajo artístico, y que proclaman la apariencia como lo más excelso de la inteligencia humana. Esto ha hecho que el artista se convierta en un significante sin significado, en una forma sin contenido, en una imagen vacía, en una tendencia esnobista que pregona lo superfluo como valor de exclusividad y prestigio social.

Aclarando que hay otro tipo de arte que sí reconoce el trabajo artístico y que desde ahí aspira a la trascendencia, a franquear las fronteras de la historia, en aquella versión esnobista del arte contemporáneo, el espectador no está viviendo una experiencia estética, ha sido volcado, más bien, a verlo como un fraude porque la sublimación, como sentimiento elevado, es desconocido por los artistas del esnobismo, quienes son los que ocupan las instituciones artísticas de más prestigio, pero que no podrían, siquiera, sugerirla. De esta manera la intención de democratización del arte para enriquecer la vivencia estética como parte del desarrollo integral del ser humano, es boicoteada.

El exceso amenaza permanentemente con el fracaso, por ello el fraude del arte esnobista, cobijado por un prestigio sin contenido social, se asimila sin resistencia porque estandariza las emociones y obstaculiza el desarrollo de sentimientos y la posibilidad de identificarlo con perjudicial. Al ser el exceso un obstáculo para la atención, para la creación de conocimiento inclusivo y transformador, también se convierte en justificación para insistir en el pensamiento crítico y contextual como elemento fundamental en la articulación de las potencialidades humanas, con el que se aprende a observar detenidamente, a canalizar la atención hacia los detalles y profundizar en cualquier tipo de asunto, superando las barreras de la superficie.

No afirmo que el arte para los esnobistas sea estrictamente perjudicial para el desarrollo de las sociedades, lo que sostengo es que dicha tendencia no puede considerarse la manifestación más significativa de las artes, porque es una valoración vacía que aspirar a influenciar algunos pocos que se embelesan por lo superfluo. Existe un arte contemporáneo de un alto nivel artístico que aún defiende uno de los objetivos más deseados de las vanguardias artísticas: la democratización de la experiencia estética.

Aunque la cultura del exceso impulse el consumo de lo superfluo como un valor superior, cada vez se hace más palpable que los artistas que vibran con las exploraciones creativas, terminan por favorecer estrategias pedagógicas que hacen que el arte trascendente enriquezca la experiencia estética de las mayorías demográficas, permitiendo vivir la catarsis como una válvula de escape de la deshumanización social.

Películas para la sesión "Estéticas decoloniales"

Madeinusa

https://www.youtube.com/watch?v=Nbn3-vm3fxw

La teta asustada

https://www.youtube.com/watch?v=vomEQx79Rso