lunes, 2 de noviembre de 2020

Máscaras para la vida

 

Por: Elkin Bolaño Vásquez

Coordinador Educativo. Fundación BAT

¿Son las crisis económicas, políticas e institucionales, crisis culturales? ¿Son condiciones necesarias para la vida en comunidad la administración política, el imperativo financiero o las verdades institucionales? Si consideramos que el mundo cultural y la vida comunitaria dependen de las dinámicas urbanas, la balanza es proclive al lado positivo y se hace evidente porque en las ciudades se experimenta el mundo cultural como una amalgama percepciones artísticas, en el nivel más refinado, o como visitas selfies con el turismo cultural. La vida comunitaria se desplazó del barrio al conjunto residencial y los encuentros son en la portería y en la reunión de propietarios que es mediada por una persona que administra y que en la mayoría de los casos no vive en el conjunto.

Pero si hacemos aquellas dos preguntas dentro de las condiciones rurales, en poblaciones pequeñas o en barrios en los que aún no hay asomos de gentrificación, la balanza se inclinará al lado negativo. En estos territorios la cultura no se enmarca en el prestigio de las Bellas Artes, sino que es aquella que se define por las tradiciones y el folclor y de las cuales todos habitantes participan sin esfuerzo, facilitando, al mismo tiempo, la vida comunitaria que es subsidiaria de la solidaridad. Es innegable que las tradiciones y el folclor prevalecen ante las dificultades que sufren las estructuras económicas, políticas e institucionales, como viene sucediendo con la crisis sanitaria mundial, al tiempo que se reafirmó con contundencia que la solidaridad fue un sentimiento que aumentó.

Sin prejuicio que cual lado de la balanza se prefiera, es importante el uso de máscaras para establecer algunos preceptos esenciales para la vida. Según la etimología, la máscara designa el actor que representa un personaje y que posteriormente se atribuye al personaje mismo. En este sentido, cada uno de los elementos mencionados que se debilitan en las crisis o se sobreponen a pesar de estas requieren de posturas y adaptaciones para acomodarse a las circunstancias. Usar la noción de máscara para asumir las preguntas iniciales busca mantener el equilibrio entre las posibilidades positivas y negativas de los acontecimientos. Representar un papel, darle forma a un personaje es también configurar ideas, intereses y preocupaciones que se pueden ocultar o hacerlos evidentes para enfrentarlos.

La noción de máscara también aparece como elemento explica las funciones que puede tener el arte en vida cotidiana. Ya no es sólo el arte que se contempla en el museo, en el teatro, en el centro cultural o el que se captura con una selfie, sino que hay que también considerar que el compromiso con la preservación de la vida requiere el perfeccionamiento de ciertas habilidades que enaltecen, dignifican e introducen experiencias de belleza en los modos de interacción de la vida cotidiana.

En los territorios que tienen a responder negativamente a las preguntas iniciales se gestionan compromisos con la vida usando la máscara del arte, esto quiere decir que no dependen de los estamentos mencionados. Se crean grupos que vinculan jóvenes y niños a la ejecución de actividades artísticas de toda índole con la intención de arrebatar a estas generaciones de las drogas y la violencia. La idea es mantenerlos ocupados con la máscara del arte en su tiempo de ocio y demostrar que mientras la portan pueden sentirse seguros y respetados tanto en el aspecto físico como en el aspecto mental y emocional. Pero esta intención inicial va más allá, este tipo de iniciativas desembocan en aprendizajes con diversos alcances que consolidan la confianza suficiente para desarrollar otras actividades o gestar intercambios artísticos que se convierten en dinamizadores de nuevas formas para evitar que los niños y jóvenes queden atrapados en las dinámicas que reproducen la violencia.

Estos ejemplos pululan en dichos territorios y muy pocos son conocidos y aceptados como parte importante de la vida. El arte usado como una estrategia de protección de la vida se convierte en un método de enriquecimiento cognitivo y emocional que concluye en el resultado artístico. El objetivo se logra a cabalidad, sin embargo, las madres y padres de la mayoría de estos niños y jóvenes no logran superar la idea de que las actividades artísticas son para ocupar el tiempo libre, por lo que no pueden reforzar la idea de mantener contacto, así sea como espectador, de la oferta artística.

Esta es una de las grandes paradojas de la máscara del arte y que resulta muy complejo desenmascarar. En la vida cotidiana se usan máscaras sin pretensiones artísticas, pero que permiten guiarla a algún objetivo. También la máscara, al igual que el arte, es entendida como entretenimiento, como algo pasajero y que es contenido efímero de la experiencia selfie. Superar esta paradoja permitirá demostrar la vitalidad y riqueza que el arte aporta a la vida.


martes, 13 de octubre de 2020

EL SECRETO DE LA BELLEZA

 

Por: Elkin Bolaño Vásquez

Coordinador educativo

Fundación BAT

Pensemos en el espectador que cierra sus ojos para experimentar la obra que tiene en frente. Entiende que su mirada no es suficiente, necesita recurrir a la imagen que se construye en su mente porque es preferible extraer algún tipo de información o recuerdo que le ayude a conectarse con alguno mensaje vedado. Intentar franquear las fronteras de la belleza, es permitir que ciertos vínculos, reguardados en el inconsciente, salgan a flote y que las intuiciones que impulsan interpretaciones, construyan ideas que pueden estar borrosas en la obra. Esta es una tarea que exige parsimonia y que es una actitud contraria al bullicio y la velocidad de la sociedad contemporánea.

Cerrar los ojos para descubrir los secretos de una obra suena contradictorio cuando se asume que toda imagen es aquella que atraviesa la retina y se descuida el proceso activo que desarrolla el cerebro, incluso sin intención. Los sueños al dormir, se caracterizan por las escenas aleatorias y fragmentarias que no se pueden controlar y que el cuerpo los vive intensamente, produciendo sudoración o movimiento espontáneo. Así que cerrar los ojos para la contemplación puede resultar una experiencia mucho más profunda de lo que la retina puede ofrecer.

Franquear los velos en donde se reguarda la belleza exige ir en contravía del vertiginoso movimiento que excita la vida actual. Lo urgente acapara todo y lo importante se desplaza a profundidades que pocos se interesan en auscultar. Es en estas circunstancias donde la apariencia se impone, donde todo se vuelve piel y la mirada es incapaz de posarse, sólo pasa de largo. Esa piel que acapara a nuestros sentidos es la cualidad que más contribuye a las ideas sin fundamentos, a valorar arbitrariamente nuestro derredor. La apariencia domina el terreno de la luz y hace que la mirada se deslice, se resbale sin la posibilidad de la textura. No hay un más allá del límite de la córnea, por ello, le resulta dificultoso imprimir huella en la memoria. La apariencia no se preocupa por fomentar tensiones o búsquedas de sentidos porque no soporta que urgen bajo su piel.

La apariencia estandariza la percepción y dificulta alimentar las potencias cognitivas. Es la textura, la sensación de lo diferente que permite el surgimiento de ideas que sueñan, de pensamientos que pueden arrancar belleza de la tragedia humana. A pesar del dolor que despide su esencia, la tragedia se reviste de una apariencia que sucumbe ante la pausa y la contemplación, que arrastra consigo una vacilación, una confidencia que aspira al develamiento. En el tránsito de la apariencia a la belleza se recorre por las tensiones de la sensualidad, no en el sentido de lo sexual, pues es un retorno a la apariencia, sino en su constatación de que cualquiera de los sentidos puede desarrollar la experiencia de un placer que va más allá de la piel, para recrearse en las perplejidades que se desprenden de la contemplación.

Si procuramos ensanchar las fronteras de la selección de palabras que hace Roland Barthes cuando afirma que “cerrar los ojos significa hacer hablar la imagen en el silencio”, implica recorrer un camino de descubrimientos sucesivos que no hablan de aquello que está afuera, sino de los elementos a los que recurrimos para construir coherencia en la forma de actuar la vida. Cerrar el contacto hacia el exterior obliga a leer el lenguaje mudo que reina en la imagen, que excede toda exigencia racional y se desarrolla como un conocimiento experimentado. Cuando el ojo deja de ver, aparece en la mente un espacio silencioso que algunas veces tensiona, otras tantas hiere, pero que inevitablemente abre la posibilidad del descubrimiento.

Tal inevitabilidad no es ajena a las paradojas de la incertidumbre. Es un algo que sucede y que se escapa a toda forma de control. Rilke lo expresa de la siguiente manera: “estoy aprendiendo a ver. No sé a qué se debe, pero todo penetra en mí más hondamente y no se queda en el lugar en el que siempre solía terminar. Tengo un interior del que no sabía. Ahora todo va hacia ahí. No sé qué es lo que ahí sucede”. Por ello, el ver contemplativo está a la espera de que la belleza suceda. La belleza no se deja desvestir. Ella en su dejarse ver, se cambia de velos y obliga a reconocer la indumentaria que prefiere. Tal vez lo vaporoso y lo sedoso que se adhiere a una forma que delinea un contorno y que provoca imaginar su contenido, lo que se abre y se cierra es lo que más atrapa la atención.

Auscultar el secreto de la belleza depende del perfeccionamiento en la demora. Así que dejar que suceda supone una agudeza que se refina en la experiencia que no necesita controlar ni poseer. En este sentido, afirma Hegel “la contemplación de lo bello es de tipo liberal, un dejar estar a los objetos como libres e infinitos en sí mismos, sin querer poseerlos ni utilizarlos como útiles para necesidades e intenciones finitas”. Para desvestir la belleza es decisivo reconocer su libertad, pues se desliza entre velos y no se deja atrapar. Siempre tendrá perfiles que no se dejará ver.


domingo, 13 de septiembre de 2020

DE FRENTE A LA CRISIS

 

Por: Elkin Bolaño Vásquez

Coordinador educativo

Fundación BAT

El arte popular tiene como raíz primaria la cultura popular que subyace en las dinámicas de cohesión social de los territorios. Esto supone lazos solidarios que operan de manera simbólica y material, y que desde los potenciales de la reflexión creativa de los artistas empíricos se articulan a la luz de los significados y las interpretaciones que ellos proponen sobre los sucesos históricos resguardados en la memoria colectiva, sobre las conmemoraciones y disfrute de los rituales festivos y religiosos, y especialmente sobre los sucesos de la crisis de salubridad mundial.

Desde este punto de vista, es importante entender que hay una prerrogativa por analizar, entender y divulgar las distintas funciones, influencias e intereses que se pueden gestar desde la consolidación de los procesos creativos y estéticos de la vida cotidiana, entendida esta última como parte constitutiva en el reconocimiento de las distintas facetas que permiten enfrentar las disyuntivas propias de la vida humana y social, esto es, la experiencia emocional y sensible que las acompaña.

Las funciones, influencias e intereses que se desprenden del arte popular se suscriben a las indagaciones sobre temas y modos de expresión que no son atendidos por las metodologías, experimentaciones y enfoques que se impulsan en los preceptos del perfil universitario, tales como los imaginarios colectivos, las costumbres y las creencias que se reproducen espontáneamente en los territorios, la búsqueda de coherencia entre las matizaciones que surgen entre las particularidades y exigencias del mundo urbano, y la parsimonia alimentada por la incertidumbre de la vida rural, además de soluciones técnicas y el uso de materiales propios de las artesanías, todos estos elementos característicos de la cultura popular.

Es menester no olvidar que el arte popular depende de la voluntad de autogestión que tienen los hombres y mujeres que, sin estudios profesionales en artes plásticas y visuales, lograr generar propuestas de alto valor estético, como una alternativa para subsanar las dificultades de la economía familiar. Por ello, la reflexión creativa puede considerarse como un elemento propio del desarrollo integral del ser humano.

Esto se hace evidente en los esfuerzos artísticos por impactar positivamente en la estabilidad emocional propia y de la sociedad, en el transcurso de las complejidades que trajo consigo la crisis sanitaria, lo que se convirtió en un laboratorio de aciertos y errores cuyos alcances y consecuencias aún son materia de estudio, pero que, al mismo tiempo, permitió reducir los prejuicios en torno a las mediaciones tecnológicas de los públicos que no están habituados al disfrute de los bienes culturales, de los gestores culturales que se enmarcan en los límites geográficos de su comunidad y de los habitantes de las zonas rurales y de los márgenes de las ciudades. Lo que permite desarrollar estrategias para la democratización de la apreciación artística y el emprendimiento cultural.

Los deterioros que traen consigo las crisis no se manifiestan únicamente en el ámbito de lo material. De hecho, la tragedia actual, en comparación las destrucciones de una guerra, crea más incertidumbres, pues los referentes materiales permanecen casi intactos, mientras que los desgarros cognitivos y sentimentales se hacen más profundos y con pocas posibilidades de explicación. Para mirar de frente la crisis mundial se requiere de un amplio margen de recursos cognitivos que se alimenten de metáforas y estrategias simbólicas que ayuden al sosiego emocional.

Por ello, reconocer la escasa intervención que tiene el arte en la transformación material de la realidad, es un paso fundamental para trabajar en el potencial para influir en la realidad psicológica y espiritual del ser humano. Diferenciar este matiz, entre lo material y lo emocional, reduce las tensiones y exigencias que se puedan derivar de las responsabilidades de evolución social al que aspirar los artistas o de los resultados que las comunidades suelen imponer al arte. Todo lo anterior, nos obliga a reconocer el valor emocional y espiritual que tiene el arte para el equilibrio social.


miércoles, 12 de agosto de 2020

CULTIVAR LA IMAGINACIÓN

Por: Elkin Bolaño Vásquez

Coordinador Educativo

Fundación BAT

 El énfasis que ronda en la sociedad en relación con la idea de “diversidad”, supone la aceptación de lo diferente como elemento valioso que enriquece todos los aspectos de la vida. Ya no estamos obligados a seguir caminos, presunciones, dogmas, destinos que surgen como estructuras monolíticas que debemos aspirar a escalar para disfrutar de sus bondades cuando se alcance su cima.

Para aceptar la diversidad es necesario reconocernos como diferentes, no en el sentido de convertirnos en extraños para lo demás, sino como parte vital del engranaje social en el que interactuamos, sea como soporte de una familia, como parte sustantiva del contexto laboral o como conector en el círculo de amigos. En cada uno de estos espacios evidenciamos la diferencia y la aceptamos como natural, pero todo lo que ronda por fuera lo descartamos por la poca importancia que le atribuimos y es, precisamente, el en afuera donde la diversidad deambula con su riqueza de puntos de vista y de experiencias, que fungen como preámbulos e invitaciones para discernir sobre la precondición de lo que parece que somos o para agudizar la mirada en la búsqueda de un querer ser que parte de convicciones que se consolidan en la búsqueda de valores trascendentales para la vida.

Imaginar lo distinto, tanto para sí mismo como para el colectivo social es, en el mejor de los casos, inclinarse por la idealización de algo que se concibe como mejor, en la peor de las opciones, como la angustia por la posibilidad de materialización de nuestros temores más profundos. Idealización y angustia alimentan el debate sobre la función social de una imaginación que va mucho más allá del uso que le dan el arte y la ciencia. Imaginar según la idealización o la angustia entraña la necesidad de algo “distinto” con la expectativa de encontrar algo mejor, es decir, la imaginación se preocupa por el cambio sin importar la causa que lo impulse.

La preocupación no surge solamente por padecimientos negativos. Si la preocupación profesa lealtad al cambio, entonces su etapa de juzgamiento permite el desarrollo de diversas versiones sobre un mismo asunto y, por tanto, ayuda a dosificar las respuestas del comportamiento acrítico. He aquí la clave de la trascendencia de la imaginación para la vida, pues la oportuna y coherente dosificación de nuestras objeciones y convicciones supone reconocer el valor de lo “distinto” como prerequisito de la riqueza afectiva y comprensiva de la vida.

En este sentido, la dosificación impulsada por la imaginación se manifiesta como una acción humanizadora porque reconoce los contextos en los que surgen y fluyen los conflictos que no son, obligatoriamente, el resultado de intenciones particulares. Si hay algo que debemos a la cultura es el hecho que nos enseña a aceptar como natural algunas formas de enfrentar las vicisitudes de la vida, influenciando y contagiando razonamientos que reproducimos de manera acrítica, condicionando y elevando a dogma determinados tipos aspiraciones, deseos, esperanzas y temores. Pero sólo a través de la imaginación puede reconocerse que los condicionamientos culturales pueden enfrentarse para introducir nuevos objetivos y expectativas.

Emprender la tarea del cultivo de la imaginación, que va más allá del arte y de la ciencia, e impulsarla como herramienta de uso cotidiano, obliga a identificar que su modo de actuación aflora a partir de preocupaciones que tienden a cambios que pueden filtrarse en las convicciones más cristalizadas porque aprende a dosificar su impulso de respuesta, porque reconoce que en el aprendizaje social existe el inevitable contagio de ideas y creencias que hay que enfrentar críticamente, porque se inmiscuye en las complejidades humanas para avizorar comprensiones que están vedadas por las costumbres y las instituciones. En otras palabras, cultivar la imaginación permite visualizar un mundo ideal con la esperanza de entretejer mejoras posibles.


jueves, 16 de julio de 2020

ARTE COMO PROYECTO DE VIDA

Por: Elkin Bolaño Vásquez

Coordinador Educativo

Existe una consigna vital, muy sólida por demás, que establece que el valor social del arte se sostiene sobre tres pilares fundamentales: el artista, la divulgación y la institución cultural. El primero regenta el saber hacer que materializa deducciones, registra los saberes que están disponibles en el ambiente en que se desarrolla y extiende conexiones que necesitan de una mirada pausada y aguda que la sociedad podrá asumir para descifrarlas y complementarlas según sus propias convicciones. En la segunda intervienen profesionales de distintos campos y criterios que gestionan modos de análisis para su comprensión y allanan el camino para que sectores amplios de la sociedad descubran las bondades del arte. La última cierra el círculo cuando avala el trabajo de los dos anteriores.

No obstante, la articulación de estos tres pilares no se produce automáticamente, sino que requiere de acuerdos y relacionamientos formales e informales, cuya complejidad está dada por la infraestructura cultural disponible en el ambiente social. Para el caso del arte popular, tal infraestructura es significativa más no suficiente.

Como una forma de hacer frente a las limitaciones de la cobertura, se propone el Taller Virtual “Saberes del arte popular” para extender puntos de encuentro entre los múltiples conocimientos acumulados por los artistas y gestores, esto es, reconocer los complementos que se pueden suscitar entre las destrezas de la creatividad artística y los filtros de análisis, comprensión y divulgación que se concentran particularmente entre los gestores y las instituciones culturales.

Si los artistas construyen, configuran, imaginan deducciones que podrán convertirse en semillas que darán frutos artísticos, los gestores son los cultivadores, alimentadores y cosechadores de sus conocimientos secretos. Extender puntos de encuentro entre las semillas y los secretos, en ellas contenidos, demanda la articulación de sentimientos que se distancien de la expresión espontánea de la emoción para concentrarse en ideas que alimenten el interés por equilibrar el espíritu. Semillas y secretos podrán ser producidas y deducidos por los participantes a través de algunas actividades (off line) que implican un ejercicio pausado y de introspección en el marco de su vida cotidiana y que se enriquecerán con las temáticas a desarrollarse en las 10 sesiones que componen el taller, y así mismo, se podrán analizar individualmente en asesorías personalizadas (las actividades off line las encuentras en la siguiente imagen).

Las 10 sesiones se llevarán a cabo los sábados de 10:00 a.m. a 12:00 m., con algunos intervalos para establecer los espacios de las asesorías personalizadas mediante cita previa (revisar fechas y temáticas en tabla adjunta). Es importante tener en cuenta que el Taller Virtual “Saberes del arte popular” está diseñado para satisfacer los intereses de los diversos públicos objetivos, entre los cuales habrá algún sector interesado en asistir a las sesiones temáticas que les generen mayor interés.

 

Otro segmento preferirá desarrollar las temáticas como una secuencia de contenidos que les permite obtener asesorías personalizadas que están proyectadas para impulsar el desarrollo de los trabajos personales, sean estos en el campo de la producción artística o en el sector de la gestión cultural. Los asistentes de esta segunda opción recibirán certificación de participación por la asistencia a 7 encuentros como mínimo.

Además de los encuentros en las sesiones y asesoría personalizadas virtuales, también tendremos como herramienta de comunicación el chat de este blog donde podrán escribir comentarios, preguntas y sugerencias sobre el desarrollo del taller, y las inquietudes podrán ser resueltas en el siguiente encuentro. Este espacio de comunicación es importante porque los mensajes estarán disponibles para todos los participantes, lo que supone un preámbulo de la construcción de redes solidarias tanto en el ámbito formal como informal.

Confiamos que el Taller Virtual “Saberes del arte popular” constituya una puerta de entrada para conocer y compartir los saberes acumulados de los distintos actores del arte popular y que hasta el momento se encuentran diseminados sin que se reconozcan sus potenciales artísticos, académicos, pedagógicos y sociales.


miércoles, 24 de junio de 2020

ARTE Y REALIDAD



Por: Elkin Bolaño Vásquez
Coordinador educativo
Fundación BAT

Existe una afirmación ampliamente aceptada según la cual el arte crea realidades, imagina mundos admirables o inverosímiles, pero en general heterogéneos, que permiten entrever perspectivas, incluso insólitas, de algunas problemáticas de nuestra organización social o las incidencias que dicha estructura tiene sobre nuestros modos de pensar. También es cada vez más notorio que las personas que se interesan en el mundo artístico, comparten expectativas, con fundamentos disimiles y razonados, de que el mundo en que vivimos con la carne y con los huesos puede y debe cambiar. Pero esas mismas expectativas están asediadas por muchos vacíos sobre qué hay que hacer y cómo llevarlo a cabo.


Una hipótesis que propongo para abordar las complejidades que circulan entre el arte y la realidad es que el artista usa su arte para crear, intuitivamente, una versión de bienestar que le ayude a enfrentar cualquier perplejidad que lo pueda embestir. No obstante, en día a día la presunción de un arte para la felicidad se antoja ingenua, particularmente cuando muchos de los significados atribuibles a las obras se agotan más rápido de lo esperado. Generalmente esto sucede cuando los modos de análisis que privilegian la forma se aceptan como únicos, bajo el supuesto de que la forma es, en sí misma, el contenido.

Por fortuna, el arte popular se ampara en una multifacética producción cultural que trasciende los materiales y temáticas para reafirmar el capital simbólico que comparte con las mayorías demográficas. Esas mismas que no tienen oportunidades para disfrutar de los bienes artísticos y mucho menos comprenderlos. Esto quiere decir que el arte popular no solo se funda en las tradiciones y las identidades de las comunidades, también influyen en ellos el desplazamiento, el desarraigo, la tristeza, el dolor y una especie de perdón que es muy cercano al olvido, lo que justifica la necesidad que tiene el artista empírico de sumergirse en el arte para paliar sus dificultades más acuciantes.

En el mundo del arte existe una clasificación del tipo de personas que interactúan en él y que al mismo tiempo define los roles que cumplen: el artista, el gestor cultural y el aficionado. Si bien esa clasificación se entrelaza y actúa de diversas maneras, resulta conveniente en la medida que nos ayuda a entender algunas cosas. Una de ellas está relacionada con los saberes que el arte produce, demostrando sus alcances y su saber hacer. El quehacer artístico divide sus intereses, aspiraciones y preocupaciones en las posibilidades de integrar asuntos de la vida con imaginarios comparativos y simbólicos que induzcan tensiones y contradicciones donde el antagonismo obligue a cambiar la mirada sobre el mundo.

La conexión entre el arte y la realidad supone la creación de mundos alternos, idealizados, fragmentados, bizarros o divinizados donde coexisten relatos surgidos de acontecimientos de la historia humana. Esto supone que el germen de la producción artística se ancla en una versión de realidad que circula en la mente del artista, en compañía de distintas versiones, convirtiendo a la obra de arte en una síntesis de todas esas variables. La síntesis es la forma y las versiones que envuelve son el contenido. Por consiguiente, la creación de una versión de bienestar no resulta descabellada, incluso cuando dicha síntesis resulte en imágenes sombrías, pues el arte también funge como un medio para expulsar los monstruos que habitan en las entrañas o, al menos, ayuda a encerrarlos en cajones de plomo diseñados por el inconsciente.

Indagar sobre las diversas facetas en las que se entretejen el arte y la realidad permite trabajar en la búsqueda de equilibrio entre la forma y el contenido. La forma de un bienestar resiliente solo es sustentable en una amalgama de contenidos que permitan encontrar nuevos significados a las dificultades de la vida.

Tu arte puede ser alternativo, idealista, fragmentado, bizarro, divinizado, sombrío o definido con cualquier otro apelativo que consideres más acertado, pero ¿muestra el mundo que quieres o es un medio para alejar tus inseguridades?

lunes, 4 de mayo de 2020

ARTE Y PANDEMIA

EL LEPROCOMIO DE AGUA DE DIOS


Por: Elkin Bolaño Vásquez
Coordinador educativo
Fundación BAT

Al hacer una rápida revisión del arte que se ha producido después de las pandemias que han azotado a la humanidad, se observan las siguientes generalidades. La primera de ellas es que las obras están motivadas por mostrar los horrores, es decir, es representacional en la medida en que buscan capturar algún grado de fidelidad de los sucesos. La segunda, que es consecuencia del carácter veritativo de la anterior, es que se convierten en documentos históricos y sociológicos de la época, de los que, por lo general, se analizan las imputaciones que recaen sobre los extranjeros, quienes se dedican al comercio, sobre los ricos o sobre los pobres. Esta segunda característica la podemos llamar documental.

El tercer caso es el reconocido como simbólico, debido a que su preocupación estriba en las diversas formas de presentar la muerte, particularmente como un personaje implacable y sin ningún asomo de compasión. Por último, el arte que se crea a partir de las complejidades de las pandemias también puede tener un carácter religioso, pues el sufrimiento supone castigos merecidos por vivir en el pecado.

En los siglos anteriores, el conocimiento de los acontecimientos pandémicos sucedía a través de la observación o el sufrimiento directo, por la información oral y por la literatura, es decir, que los artistas configuraban sus obras buscando una síntesis de todo cuanto veían, sufrían, escuchaban y leían, en relación con sus creencias e investigaciones personales.

No obstante, tales características parecen limitadoras para comprender la pandemia que nos tocó vivir, especialmente, cuando las decisiones sobre el control de esta crisis se dividen entre la prevalencia de la vida humana o las consecuencias económicas, como si estas dos visiones fueran antagónicas. Pese a ello, el interés de las siguientes líneas es recordar, por medio de una obra, una enfermedad de implicaciones planetarias y que permitió decisiones similares a las actuales.

En 2012 el artista empírico Silvestre Prado Castro, originario del municipio de Agua de Dios, Cundinamarca, presentó su obra La Coscoja, una talla en piedra de arcilla, en el IV Salón BAT de arte popular. Silvestre Prado asumió con particular entusiasmo este espacio y se dedicó a explicar a los visitantes la historia de su pueblo y porque había escogido a la coscoja como su emblema particular.

Agua de Dios es un municipio cuyo origen se remonta a la decisión del Gobierno Nacional de crear en 1894, en ese territorio, un Leprocomio, un asentamiento de personas enfermas de lepra. El estricto confinamiento de estos pobladores duró 68 años, momento en que se reconoce que la enfermedad de Hansen, como científicamente se conoce, no es tan infecciosa y mortal como se suponía. Si bien es trasmisible, deben coincidir varios factores para su contagio: varios años en contacto permanente con un enfermo, un sistema inmune débil por parte de la persona sana y circunstancias de insalubridad extremas.

La ignorancia científica tuvo resultados en doble vía. En primer lugar, que es la visión generalizada desde afuera, las estigmatizaciones alcanzaban a las personas que tuvieran defectos genéticos que comprometieran su apariencia. La “fealdad” se convirtió en síntoma de la enfermedad. Esto supuso que la mejor manera para evitar los contagios, ya que no existía un tratamiento médico efectivo, era mantenerlos alejados del mundo sano. Para ello, el gobierno decidió hacer un encerramiento de 2 km2 con alambre de púas, pues la “maldición” de esta enfermedad no debía alcanzar al resto del país. Así el aislamiento y el destierro se volvieron “sagrados”, a tal punto, que estos condenados perdían sus derechos de ciudadanía.

En segundo lugar, que es la convivencia al interior del alambrado, los desahuciados vivían en un ambiente tranquilo donde se procuraba el bienestar de los demás, la baja autoestima, en relación con el rechazo, desaparece, lo que convierte el confinamiento en una especie de santuario. En estas circunstancias el amor florece y la población aumenta hasta alcanzar el número de habitantes que, por ley, se requiere para ascender, a la categoría de municipio, a una población. Con esto, también se demuestra que la enfermedad de Hansen no es hereditaria. De igual manera, las expresiones artísticas hicieron su aparición. Pese a la ausencia de la educación para estos pobladores, la comunidad salesiana, además del alivio espiritual, introduce en la población diversos oficios artesanales y artísticos que a la postre rinden sus propios frutos en la música, en el arte y en las letras.

Al establecer La Coscoja como emblema de su pueblo, Silvestre Prado nos recuerda que ni el dinero podía salir del confinamiento, por lo que se creó la coscoja como la moneda local y que operaba de manera similar a la Lira Vaticana de la Ciudad del Vaticano, debido a que no tenían ningún valor fuera del territorio. Como ejercicio reflexivo, podemos encontrar en este elemento de uso cotidiano y elevado a la categoría de arte, más de medio siglo después, las características representacional, documental, simbólica y religiosa que se identifican en el arte surgido de una pandemia.

¿QUÉ OTROS PADECIMIENTOS HA VIVIDO COLOMBIA QUE IMPLIQUEN AISLAMIENTO, DESTIERRO, ESTIGMATIZACIÓN, PÉRDIDA DE DERECHOS Y CONFINAMIENTO?

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