Elkin Bolaño Vásquez
Fundación BAT
¿Es el espectáculo noticioso o la
reivindicación política lo que persigue un segmento de arte actual sobre el supuesto de crear una sensibilidad estética que logra un estado de sobrecogimiento emocional en
la especie humana? Una pregunta de estas características incluye variables que
puede ser asumida en distintas perspectivas, sin embargo, cuando se habla del Arte
como un potencial de expresión que está latente en cada persona, si no desde su
producción al menos desde su percepción, resulta patente que los intereses mencionados desconocen un legado que se construye desde la belleza como un
poder que afecta la emoción espontánea al tiempo que crea convivencia.
La apropiación del espectáculo noticioso y del activismo
político que hace el arte desconoce que las respectivas estrategias de aquellas
dos buscan manipular la emocionalidad creando corrientes de opinión que
benefician las narrativas del poder, mientras que la percepción
estética de este tipo de obra se experimente desde un formato mental que no produce
ningún tipo de cohesión social. Es en este contexto que el arte que alcanza los
medios de comunicación internacionales y las instituciones de más alto
prestigio artístico se desplace en contravía de la necesidad de una creación de
públicos que ofrezca confianza a la hora de expresar alguna opinión artística.
Para cualquier departamento de educación de un museo la apuesta por la
producción de público es cada vez más alta porque debe convencerse a sí mismo de
que la retórica enrarecida de las obras puede abrir ventanas compresivas en espectadores
del turismo cultural, mientras se desconoce la importancia de sus emociones.
Es por esta confusa situación que el arte enfrenta un
fuerte período de orfandad ya que, aunque existan instituciones de amplio
reconocimiento que lo promuevan, las mayorías demografías lo desconocen
masivamente. Ello supone que el arte huérfano es consecuencia de la negación de
la propia huella genética de aspiración a un tipo de belleza con imperativo
trascendental. Negación que la emocionalidad humana también percibe
intuitivamente frente a obras que destacan por cosas distintas a lo artístico. Negación
que también reduce espacios de encuentro que se sobrepongan a cualquier postura
ideológica.
La confusión se incrementa aún más debido a que reconocer
una respuesta emocional relacionada con el rechazo de una obra desvirtúa la
importancia de la honestidad de tal percepción, trasladando está incapacidad
dialogal hacia una escasa comprensión del espectador y no hacia una precariedad
formal de la obra. En este contexto, el sentir tiene poco valor frente a la intelectualización
que exige toda experimentación no-artística con presunción de reivindicación
política. Sin embargo, el estado actual del ejercicio racional no garantiza un
llamado a la acción que se convierta en contrapeso de lo denunciado, sino que,
en el mejor de los casos, es absorbida como una arista adicional de la
narrativa dominante. De este modo se intercambia la existencia de un arte,
artísticamente pobre, por un público con una exigua educación artística. La
afirmación según la cual el Arte es todo lo que hace un artista no dice
nada sobre la calidad de una obra y cuando se aborda tal aspecto se subsana con
la exigua educación estética del público.
La negación de la belleza, en tanto experiencia sensible
de un estado de sobrecogimiento, se convirtió en un manifiesto político que no
impulsa hacia la acción, sino a la confusión. Es como si el Shihuahuaco, árbol
de la selva amazónica, por algún tipo de visión evolutiva, decidieran usar su
capacidad para absorber carbono en la refinación de petróleo como un modo de
protesta que enseñaría a la especie humana sobre los peligros de su explotación.
Tal visión lo convierte ingenuamente en un replicador del sistema económico
mundial que a la vez le garantizaría una veneración igual o superior a la que experimenta
el preciado líquido. No obstante, la valla publicitaria que merecería el
Shihuahuaco oculta la esclavitud despiadada que pasa por encima de los
principios trascendentes de la vida.
La decisión bizarra y afortunadamente imposible del
Shihuahuaco, es el panorama que está viviendo el arte huérfano y quienes lo producen,
pues al desarrollar sus esfuerzos alejados del campo de la belleza viven, sin
consciencia de ello, en una versión del síndrome del impostor que imagina que
puede permear y transformar cualquier desequilibrio o injusticia social con sólo
ampararse en el aura, cada vez más turbia del arte, mientras defiende una
categoría perceptiva no estética, sino intelectual que, por demás, termina por
desplazar a la belleza a una orfandad virulenta que la ha obligado a camuflarse
en la porción trivial del hedonismo que depende del mercado y que la ha domesticado.
Claramente la belleza desde la que germina cualquier estado sublime no ha desaparecido, sólo se ha agazapado para resguardar su vitalidad mientras es explotada. La consecuencia de ello no es una postura beligerante enriquecida por el activismo político en el que se ha convertido el arte huérfano, sino la reducción de un tipo de experiencia espiritual que sólo se experimenta con la belleza trascendental.
