Elkin Bolaño-Vásquez
Coordinación educativa. Fundación BAT
El arte tiene una información cifrada y su calidad depende de dos fases fundamentales. La primera de ellas es si el artista confió plenamente en la racionalización de sus indagaciones o si dejó un amplio espacio para que la intuición lo guiara en su búsqueda. Por ello, la importancia de saber el enfoque y los métodos de indagación. La segunda se relaciona con los procesos de percepción y apreciación de los espectadores y sus preferencias hacia los gustos estandarizados del turismo cultural, por ejemplo, o hacia la contemplación reflexiva.
La percepción del arte debe reconocerse como una vivencia que ofrece al espectador la posibilidad de suspender sus pensamientos para sentir algo que no resulta fácil traducirlo a palabras. Ese es el ideal y es lo que se busca experimentar con un estado sublime de consciencia. Pero resulta evidente que alcanzar tal ideal trae consigo muchas etapas y cada una de ellas con complejidades propias. Pero en aras de una descripción de lo que sucede tras la vivencia del arte podemos tomar el ejemplo y el cambio de paradigma que significó para la ciencia El problema del observador a la hora de intentar conocer la luz ya que, al mismo tiempo, es onda y partícula. El problema surge cuando la atención de una persona, el observador, se fija en el comportamiento de la luz, identificando siempre su forma como partícula, es decir, su materia, desapareciendo u ocultándose su versión de onda, apareciendo solamente para una observación especializada.
La descripción del comportamiento dual de la luz abre un amplio espectro para indagar sobre la complejidad de la percepción del arte convirtiéndose en algo aún difuso y un ejemplo más cercano puede aclarar el beneficio que trae consigo asumir la vivencia del arte desde la imposible separación de la onda y la partícula, y para ello la moneda en tanto metáfora es conveniente. Siempre se habla de sus dos caras y se olvida que, como objeto, tiene un borde por el que se vinculan aquellas dos, mostrando que no son extremos distantes, sino dos formas de expresión de una cosa y que tienen relación reciproca porque la existencia de una depende de la existencia de la otra. De este modo el tercer elemento, el borde, se convierte en la materialización del equilibrio perfecto. Como cuando lanzamos la moneda al aire y al caer se equilibrara sobre su borde y permaneciera perpendicular al suelo.
Y es que el equilibrio perfecto entre las dos caras de la moneda es similar al equilibrio de la onda-partícula de la luz porque es lo que le permiten contener la totalidad del espectro cromático. Y es debido a su desbalanceo que percibimos el color. Con esta descripción resulta evidente que lo que primero detecta la atención de todo espectador es el aspecto matérico de la obra, el color, su presentación final, mientras que la onda, oculta a la mirada neófita y potencialmente identificable por la observación reflexiva, supone una forma de mensaje decodificado que solamente se hace visible a quienes conocen, de antemano, su método de decodificación, es decir, el sistema por el cual se diferencia el arte de lo que no lo es. Sin embargo, la complejidad de la percepción del arte aparece después de esta etapa porque las variables matéricas de la obra se convertirse en onda, en metáforas que agregan variables al significado.
Esta dinámica es lo que ha permitido e impulsado el desarrollo y posicionamiento de los estudios del arte, con especial énfasis en su historia por sus permanentes renovaciones interpretativas, pero también ha favorecido la idea de que cualquier espectador puede otorgar significados a las obras, lo que se ha convertido en una tergiversación que elimina todo el sistema que el arte ha desarrollado para convertirse en una forma de conocimiento que, por sus exigencias investigativas, discursivas y de inversión en infraestructura es comparable a la ciencia, la política y la economía, pero con la diferencia de que aspira a estados sublimes de la consciencia.
Otra forma de abordar la sinergia existente entre la onda-partícula con la percepción del arte es la función que cumple la retina y que se expande con los potenciales de la visión y la visualización. Mientras que la mirada dependiente de la pupila y la luz es limitada las otras dos desarrollan alternativas que permiten identificar ojos que sentimos en la mente y la imaginación. Esto explica la sinestesia y las capacidades que tienen los músicos para ver sonidos en partituras, los matemáticos para ver patrones en el universo y traducirlos en fórmulas matemáticas y los desarrolladores de algoritmos computacionales que simulan el trabajo sináptico del cerebro. Todas estas capacidades dependen de la imaginación y la manera como la vemos.
Por ello, el arte no ofrece certezas como está obligada la ciencia, sino que abre caminos imperceptibles que nos llevan a experimentar estados sublimes. Esto confirma que el arte no es una búsqueda de respuestas definitivas, sino una búsqueda de caminos para alcanzar estados elevados de consciencia que se traducen en el equilibrio que nos permite mantenernos perpendiculares en nuestros recorridos.