lunes, 4 de abril de 2022

LA DEMOCRATIZACIÓN DEL ARTE


Por: Elkin Bolaño Vásquez

Coordinador educativo. Fundación BAT

    Para vislumbrar las complejidades que experimenta el arte en el proceso de su democratización es importante considerar la propuesta de Jacques Rancière relacionada con el reparto de lo sensible debido a que este autor considera de vital importancia la revalorización de todas las potencialidades del ser humano, especialmente al observar una relación cercana entre la política y el arte.

    En la definición y las diversas funciones que Rancière propone para el reparto de lo sensible, se nota una suerte de intercambio de lo que aceptamos bajo el concepto de arte, con los que serían los objetivos más profundos de la política. El autor afirma que el reparto de lo sensible es la posibilidad de “pensar cómo se organiza, en un espacio dado, la percepción del propio mundo, cómo se vincula una experiencia sensible a modos de interpretación inteligibles” (p. 256, 2011), especialmente si nos detenemos en las maneras como cada uno de los dos crea sus propios discursos.

    Entre ambos, arte y política, existe la necesidad de apropiación de las bondades de la ficción, en tanto que permite afirmar, contradecir y divagar para formar criterios de interpretación que no estén sujetos a las presiones de la realidad física. Ambos usan la ficción porque facilita la ambigüedad y la verosimilitud de los intereses que persiguen. Estas “dos maneras de producir ficciones rediseñan paisajes nuevos de lo visible, de lo decible y de lo factible” (p. 118, 2013), desarrollando diversas disputas con lo real. La realidad en este contexto, deja de existir por fuera y con independencia del ser humano, para convertirse una realidad capturada por la ficción, que solo es reconocible a través de los enunciados que se comparten persistentemente, sin que exista una obligación de coherencia con la experimentación de la vida. Por ello, la versión de realidad que se impone es aquella que se masifica, la que se repite permanentemente en la cognición.

    Por ello, se insiste que en los mundos que gestan el arte y la política predominan realidades ocultas y negadas, donde los ciudadanos-espectadores muestran sus preferencias al no verla, al no aprender a verla o al “no querer verla por ser responsables de ella” (p. 106, 2013). Pero más que todo, el arte y la política usan la vergüenza como una definición de tales actitudes, porque si no apuestan o rechazan tales realidades ficcionadas, es por la falta de capacidad. En esta forma de enfrentar la realidad, surge la tensión entre los que saben y los que ignoran, pero especialmente aparece la necesidad de distinguir entre quienes están autorizados para decir y ser escuchados, frente a los silenciados e ignorados.

    No obstante, y a partir del empobrecimiento que implica este tipo de dinámicas, Rancière propone la urgente necesidad de una emancipación que limite el privilegio de aquellos que se han apropiado de la escena del arte y la política, para articular el saber y la ignorancia como situaciones complementarias que permiten que las personas reconozcan las influencias que reciben y producen en otros. Es decir, “afirmar la capacidad que tiene cualquiera de ocuparse (pensar, hablar) de temas que, por naturaleza o consenso, no le corresponderían” (p. 21, 2011). Produciéndose un reparto de lo sensible, porque se establecerían nuevos criterios de interpretación, compresión y vivencia de los espacios y tiempos, de los acuerdos y controversias, de la escucha y el silencio, de lo visible y lo invisible.

    Así mismo, no debemos descuidar que tanto el arte como la política se gestan, se reflexionan y se ejecutan “por sujetos que no son grupos sociales, sino agentes de enunciación y de manifestación” (p. 89, 2011) que generalmente actúan en las tangentes de las dinámicas sociales. Esto quiere decir que son sujetos que asumen, con convicción, su derecho a decir y a proyectar, que no esperan que los dueños de la escena les permitan el acceso, sino que crean sus propios escenarios, al romper con el rol, el intelecto y la sensibilidad que les ha impuesto la sociedad para sus opciones de vida.

    Según lo anterior, se puede afirmar que la democratización del arte, extrapolando las palabras de Rancière, “empieza cuando los que “no pueden” hacer una cosa muestra mediante los hechos mismos que sí pueden” (p. 196, 2011). Esto quiere decir que el acceso abierto y espontáneo al arte supone aceptar a los ciudadanos-espectadores, como agentes sociales que reivindican su visibilidad cuando se les permite intervenir y afectar sus propias apariencias, al construirlas según las bondades de la ficción, de tal manera que se puedan extender puentes entre los mundos perceptibles y los campos de la vivencia que son ocultados o negados cuando son las voces autorizadas las que definen lo que se debe ver, escuchar, pensar, imaginar y proyectar.

 Bibliografía

Rancière, J. (2011).  El tiempo de la igualdad. Diálogos sobre política y estética. Barcelona: Herder.

 

González Panizo, J. (2013). Jacques Rancière. Estética y política. España: Eutelequia.