Elkin Bolaño-Vásquez
Coordinador educativo. Fundación BAT
Si las valoraciones del arte se limitaran al prestigio y
el precio de las obras ¿cuál sería el legado que espera ofrecer el arte? Si el
arte-espectáculo de la noticia sensacionalista y las altas sumas de dinero son
los objetivos del productor artístico, entonces ¿cuál sería la diferencia entre
los agentes de esos espectáculos y los artistas del mercado en la Bolsa de New
York? Es claro que ambos viven de especulaciones, pero el enfoque de los
primeros parece, al menos a primera vista, que no les interesa lo que antaño
era la máxima aspiración: elevar el espíritu de la humanidad a estados
sublimes a través de sus obras. Por supuesto, esos deseos inherentes a
tales especulaciones no son objetables, incluso el sistema económico actual los
incentiva y venera.
No obstante, la reflexión apunta a la suplantación que el
primero hace del segundo, ya que no existe una correlación directa entre la
acumulación de prestigios y altas sumas de dinero con la experimentación de
estados sublimes. Porque si ese fuera el caso ¿qué alternativa tiene el 99% de
la población mundial, que adolece de esas acumulaciones, para elevar el
espíritu? Parece que la respuesta inmediata se consigna en una afirmación
famosa de Marx: “la religión es el opio del pueblo”. Sin embargo, a este
respecto cabe recordar hechos de la evolución biológica y social.
El desarrollo de la corteza prefrontal supuso la
aparición del pensamiento simbólico y el origen de lo que hoy llamamos lenguaje
articulado, arte y religión, lo que en el fondo es el precedente evolutivo de
todas las formas de conocimiento creadas por la especie humana. La separación entre
el arte y la religión se dio exclusivamente en la cultura occidental lo que le
entregó a la segunda la hegemonía de la búsqueda espiritual, al tiempo que
permitió una acumulación de poder económico y político a la Iglesia Católica, mientras
que el arte subsumido por dichos poderes, se benefició por la contratación de
pintores y escultores para que crearan escenas de los grandes mitos bíblicos y
convertirlas en iconografías sagradas que contiene la promesa de la
experimentación de estados sublimes. Ello hace de la Iglesia una de las
instituciones que más ha subvencionado a los artistas en la historia de la
humanidad. No por nada es la institución que mayores bienes culturales y
artísticos resguarda.
Es de notar que el favorecimiento de la Iglesia hacia los
grandes maestros de la historia del arte de occidente no es un prolongado
programa dadivoso de varios siglos, sino que explica los inmensos potenciales
que tiene el arte para afectar y moldear las comprensiones de la vida. Potenciales
que no desconocen las instituciones del arte-espectáculo, ya que convierten a
los artistas y sus coleccionistas en objeto de veneración. Claramente las
versiones contemporáneas del arte se han distanciado radicalmente de
representaciones grandilocuentes de las mitologías antiguas para realizar una
fusión entre racionalismo y espectáculo que ha ocultado y menoscabado las versiones
artísticas con propensiones vitales que aspiran a la promesa de experimentar
estados sublimes.
Comprender los grados de afectación e influencia que ha
tenido la iconografía sagrada creada por pintores y escultores implica la tarea
de trascender el análisis artístico y estético para detenerse en sus
implicaciones psicológicas y sociales. Y es en este tránsito entre lo artístico
y lo social desde donde se puede conjeturar una idea inicial del legado al que
se supone debe aspirar el arte. Un enfoque ontológico explica que la experiencia
de lo sublime es posible a través de la representación de una versión de
belleza que aspira al sobrecogimiento, ya que es sentirse en presencia de algo
superior que no se puede racionalizar inmediatamente. Sentimiento que antaño se
lograba con la grandilocuencia de la iconografía sagrada.
En la actualidad y por la desaparecida veneración de los
grandes mitos, ganan espacio las mitologías íntimas y, por tanto, las búsquedas
espirituales individuales que aspiran a la construcción de caminos para
trasformaciones vitales que pueden encontrar en el arte alternativas para
canalizar y descubrir el misterio propio, pero sobre todo experimentar y hacer
visibles las bellezas inesperadas que resguarda el alma. En consecuencia, el legado
que promete el arte compone del trabajo que se realiza sobre la mitología
personal, en sincronía con la representación visual, corporal o material de sus
bellezas inesperadas.