miércoles, 5 de marzo de 2025

EL LEGADO DEL ARTE

 

Elkin Bolaño-Vásquez

Coordinador educativo. Fundación BAT

Si las valoraciones del arte se limitaran al prestigio y el precio de las obras ¿cuál sería el legado que espera ofrecer el arte? Si el arte-espectáculo de la noticia sensacionalista y las altas sumas de dinero son los objetivos del productor artístico, entonces ¿cuál sería la diferencia entre los agentes de esos espectáculos y los artistas del mercado en la Bolsa de New York? Es claro que ambos viven de especulaciones, pero el enfoque de los primeros parece, al menos a primera vista, que no les interesa lo que antaño era la máxima aspiración: elevar el espíritu de la humanidad a estados sublimes a través de sus obras. Por supuesto, esos deseos inherentes a tales especulaciones no son objetables, incluso el sistema económico actual los incentiva y venera.

No obstante, la reflexión apunta a la suplantación que el primero hace del segundo, ya que no existe una correlación directa entre la acumulación de prestigios y altas sumas de dinero con la experimentación de estados sublimes. Porque si ese fuera el caso ¿qué alternativa tiene el 99% de la población mundial, que adolece de esas acumulaciones, para elevar el espíritu? Parece que la respuesta inmediata se consigna en una afirmación famosa de Marx: “la religión es el opio del pueblo”. Sin embargo, a este respecto cabe recordar hechos de la evolución biológica y social.

El desarrollo de la corteza prefrontal supuso la aparición del pensamiento simbólico y el origen de lo que hoy llamamos lenguaje articulado, arte y religión, lo que en el fondo es el precedente evolutivo de todas las formas de conocimiento creadas por la especie humana. La separación entre el arte y la religión se dio exclusivamente en la cultura occidental lo que le entregó a la segunda la hegemonía de la búsqueda espiritual, al tiempo que permitió una acumulación de poder económico y político a la Iglesia Católica, mientras que el arte subsumido por dichos poderes, se benefició por la contratación de pintores y escultores para que crearan escenas de los grandes mitos bíblicos y convertirlas en iconografías sagradas que contiene la promesa de la experimentación de estados sublimes. Ello hace de la Iglesia una de las instituciones que más ha subvencionado a los artistas en la historia de la humanidad. No por nada es la institución que mayores bienes culturales y artísticos resguarda.

Es de notar que el favorecimiento de la Iglesia hacia los grandes maestros de la historia del arte de occidente no es un prolongado programa dadivoso de varios siglos, sino que explica los inmensos potenciales que tiene el arte para afectar y moldear las comprensiones de la vida. Potenciales que no desconocen las instituciones del arte-espectáculo, ya que convierten a los artistas y sus coleccionistas en objeto de veneración. Claramente las versiones contemporáneas del arte se han distanciado radicalmente de representaciones grandilocuentes de las mitologías antiguas para realizar una fusión entre racionalismo y espectáculo que ha ocultado y menoscabado las versiones artísticas con propensiones vitales que aspiran a la promesa de experimentar estados sublimes.

Comprender los grados de afectación e influencia que ha tenido la iconografía sagrada creada por pintores y escultores implica la tarea de trascender el análisis artístico y estético para detenerse en sus implicaciones psicológicas y sociales. Y es en este tránsito entre lo artístico y lo social desde donde se puede conjeturar una idea inicial del legado al que se supone debe aspirar el arte. Un enfoque ontológico explica que la experiencia de lo sublime es posible a través de la representación de una versión de belleza que aspira al sobrecogimiento, ya que es sentirse en presencia de algo superior que no se puede racionalizar inmediatamente. Sentimiento que antaño se lograba con la grandilocuencia de la iconografía sagrada.

En la actualidad y por la desaparecida veneración de los grandes mitos, ganan espacio las mitologías íntimas y, por tanto, las búsquedas espirituales individuales que aspiran a la construcción de caminos para trasformaciones vitales que pueden encontrar en el arte alternativas para canalizar y descubrir el misterio propio, pero sobre todo experimentar y hacer visibles las bellezas inesperadas que resguarda el alma. En consecuencia, el legado que promete el arte compone del trabajo que se realiza sobre la mitología personal, en sincronía con la representación visual, corporal o material de sus bellezas inesperadas.